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Los días que pasábamos juntos dormíamos poco porque en un mismo día podíamos mirar una peli, comer, coger, salir a caminar, mirar otra peli que él elegía, estar con su gata que era lo más, dormirme un rato en el sillón o estar callados. Estar incómoda sin saber si él quería verdaderamente que estuviera ahí, entonces se lo decía y él pensaba que me quería ir —porque los dos somos de agua—. Entonces me preguntaba si quería irme y yo decía que quería quedarme y ahí agarraba un libro de la biblioteca y me leía un pedazo o me mostraba una canción; después salíamos y nos íbamos a caminar o yo me ponía medio inquieta y prendía su Daytona.

Diego era bancario, había estudiado cine pero no se animaba a mostrar sus cortos, dijo que prefería ser perfil bajo, hacer algo común, yo no le preguntaba qué era eso de lo común, entendía que su desarrollo artístico lo incomodaba, aunque a veces le insistía para que me mostrara lo que escribía. Él decía: “Más adelante”. Con su aguinaldo y premio del banco, Diego se compró un Daytona. Era como que Diego sublimaba el hecho de no explotar su lado artístico comprándose objetos kitsch y los ostentaba por Facebook, como yo, como mis amigos.

Una vez robé de una clase de teatro unos dinosaurios de plástico para regalárselos y otra vez le regalé Turistas de Hebe Uhart. Esos fueron mis primeros regalos. Después de un día genial, él me preguntaba por qué estaba con él o me pedía que le dijera 3 cosas lindas y justificaba sus preguntas reiterativas diciendo que nunca una chica que le gustara le había prestado atención y no entendía por qué yo sí.

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