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Fuimos al Planetario, fuimos a la feria de Beto, tomamos cerveza en la puerta del Casino Flotante, entramos, le aposté al 32; nos miramos en un espejo muy largo para ver cómo quedábamos juntos. Fuimos al Senado a escuchar a Coiffeur y a Diosque; fuimos al Banco Rojo a comer un taco con sus dos mejores amigos después del recital de Coiffeur; antes de entrar al Senado compré pipas peladas para todos. Cenamos comida vegetariana en Sattva, el lugar que queda por Uruguay y Corrientes, un día que salíamos de ver una obra en el San Martín. La obra era sobre un grupo de mujeres de clase alta que se juntaba a leer literatura en plena dictadura militar, un bodrio. Cuando llegamos al teatro, el acomodador nos asignó nuestras butacas, y cuando me senté sentí que algo se me había pegado al jean. Era un sol peruano, me lo guardé en el bolsillo y me quedé pensando en esa moneda: ¿por qué un sol peruano ahora? ¿qué significa sol peruano y vos y yo? ¿dejo el sol peruano en el asiento? ¿me quiere dar un mensaje a mí? ¿y si pienso en la moneda, la veo, la miro, y además me la llevo...?

Fuimos al Bama, fuimos a Village Caballito a mirar películas comerciales. Una vez me invitó a ver una película al Lorca. Estábamos solos en la sala y me dijo: “Mirá, reservé la sala para nosotros dos”. Fuimos a comprar libros a Yenny, al Ateneo, me compré La metafísica de los tubos de Amelie Nothomb. Fuimos muchas veces a dormir a su casa, en realidad cuando dormíamos juntos siempre era en su casa, y al otro día me acompañaba a la parada del 113 en avenida Boyacá, y casi nunca quería que viniera el colectivo para estar más tiempo junto a él.

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